La Batalla de Consuegra: donde el Cid perdió a su hijo

Sección de Historia en Agropopular con Ramón Fernández

Estatua de El Cid Campeador

Mucho se ha escrito sobre Rodrigo Díaz de Vivar. Pero con el programa realizado desde Consuegra no podíamos dejar la oportunidad de, desde la sección de Historia, dar unas pinceladas sobre un suceso que, dicen, trastocó la vida del Cid.

Para eso tenemos que irnos hasta el 15 de agosto de 1097. Ese día Diego Rodríguez, hijo del Cid y de doña Jimena, murió luchando contra las tropas almorávides que avanzaban sobre Toledo.

La historia sobre cómo terminó Diego en Consuegra es un poco larga: el hijo del Cid había acudido con una parte de las tropas enviadas por su padre desde Valencia para apoyar al rey de León y Castilla, Alfonso VI, que intentaba frenar el avance almorávide.

Los almorávides habían desembarcado unos años antes en Algeciras, procedentes de Marruecos, y se habían impuesto a los reyes de las taifas musulmanas españolas. A partir de ese momento, con una visión más dura del Islam hacia los cristianos, se habían propuesto recuperar el terreno perdido, en el que entraba Toledo. Pero también Valencia, que el Cid había conquistado y que gobernaba como señorío propio.

El de Burgos, en la práctica, era un rey sin corona. Aún así, y pese a la tormentosa relación que había mantenido con su antiguo señor, Alfonso VI, respondió a su petición de ayuda por dos motivos: uno, que los almohades, a los que había derrotado, también eran un peligro para él, y dos, que no quería indisponerse con el rey castellano y leonés, que era un vecino poderoso. Y algo presuntuoso, también, aunque tenía motivos para ello.

En 1085 había recuperado Toledo, la antigua capital de los visigodos, y eso le situaba como el monarca cristiano más poderoso de la Península al entroncar con la vieja legitimidad espiritual del reino visigótico. Sus disputas con el Cid, trufadas también de inquinas cortesanas y maledicencias de los enemigos del burgalés, llevaron a dos destierros de aquel.

El Cid responde

Rodrigo optó por enviar una fuerza comandada por su hijo Diego, que fue reforzada por otra de caballería dirigida por su fiel Alvarfañez. Pero ésta fue emboscada por los moros en Cuenca y solo pudo llegar una parte. En total, el contingente enviado desde Valencia como apoyo a Alfonso VI sumaba unos 300 caballeros.

No hay testimonios muy claros sobre el desarrollo de la batalla pero lo cierto es que los almohades barrieron a los cristianos gracias a tácticas nuevas. Por ejemplo, su caballería ligera y sus arqueros montados hostigaban desde lejos a la caballería pesada castellana. Otro punto es que usaban a las fuerzas andalusíes como carne de cañón y que eran mucho más fanáticos a la hora de combatir.

Las crónicas apenas mencionan cómo fue el fallecimiento de Diego, solo aseguran que quedó muerto sobre el campo de batalla. El choque fue un desastre para Alfonso, que tuvo que retirarse con su gente al castillo y repeler durante ocho días el asedio enemigo. Los almohades se retiraron porque estaban fatigados y temían la llegada de refuerzos cristianos. Pero aún hay más.

Dicen que la muerte de su hijo influyó tanto en el Cid que contribuyó a su fallecimiento dos años después. Cierto o no, hasta 1921, en que  el cuerpo de Rodrigo fue trasladado a la Catedral de Burgos, padre e hijo reposaron juntos en el monasterio de San Pedro de Cardeña.

Por cierto, una última cuestión: el redescubrimiento de este episodio se debe al que fuera cronista oficial de Consuegra, Francisco Domínguez Tendero. Gracias a él, desde 1997 todos los años se conmemora este hecho.

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