Buenos Aires, la ciudad que se fundó dos veces

Por Manuel Ortega

Buenos Aires

La creación de la capital argentina originó anécdotas que, sin embargo, no fueron muy divertidas para quienes las vivieron. Aunque algunas expediciones habían pasado por la zona del Río de la Plata, hubo que esperar a 1535 para que se tomara en serio la colonización de Buenos Aires. En esas fechas reinaba en la Corona de Castilla el emperador Carlos, que encargó a Pedro de Mendoza la labor de poner bajo su autoridad aquel territorio.

Ni la misión ni el personaje al que se le encomendó eran baladíes. Que el propio Carlos contribuyese a financiar la misión dice bastante al respecto. El hombre al que le dio el encargo era Pedro de Mendoza, granadino de Guadix, vinculado a la poderosa familia de los Mendoza, antiguo paje del emperador, caballero de Santiago y veterano de las campañas imperiales en Alemania e Italia. De hecho, Mendoza estuvo en el famoso Saco de Roma, cuando las tropas de Carlos saquearon la capital de los Estados Pontificios y acorralaron al Papa.

Mendoza consiguió que en torno a 1.500 hombres, en una docena de navíos, se unieran a su expedición. Entre ellos, un antiguo mercenario alemán, un lansquenete -como se llamaban-, Ulrico Schmidl, al que debemos un relato pormenorizad de los que fue aquello.

Mendoza consiguió que en torno a 1.500 hombres, en una docena de navíos, se unieran a su expedición

La flota llegó a la zona en torno a la Epifanía de 1536. Allí establecieron un fuerte porque se toparon con una gran concentración de indios. A este lugar le llamaron Puerto de Nuestra Señora Santa María del Buen Aire, con toda probabilidad por la influencia italiana sobre Mendoza. Y es que esa Virgen era la patrona de los marineros de Cerdeña. Hablando de asuntos religiosos, en la expedición iba Rodrigo de Cepeda, uno de los hermanos de la futura Santa Teresa de Jesús.

Por resumir, puede decirse que las cosas no fueron bien. Al final los expedicionarios acabaron chocando con los indios y sus fuerzas, que contaban con caballería, se vieron sorprendidas por un arma que más tarde se conocería como boleadoras. Además, no todo eran ataques: también vinieron hambrunas y sus consecuencias.

El hambre era tal que tuvieron que comerse los zapatos y los objetos de cuero. Ulrico relató que se ahorcó a tres españoles por comerse un caballo y esa misma noche les cortaron la carne de los muslos. O el caso de un hombre que se comió el cadáver de su propio hermano.

El panorama era tan nefasto que se dice que la población de fiera era tal que los hombres tenían que ir acompañados de vigilantes armados cuando salían de la empalizada del fuerte a hacer sus necesidades. Mendoza optó por regresar a España en 1537 pero murió en el viaje de vuelta, dicen que a causa de una sífilis, y su sucesor ordenó la evacuación. En 1541 allí no quedaba ya nadie.

El hambre era tal que tuvieron que comerse los zapatos y los objetos de cuero

Hubo que esperar casi cuarenta años para que volvieran a tomarse en serio el asentamiento en la zona. En 1580 Juan de Garay fundó la ciudad de la Santísima Trinidad y Puerto de Santa María del Buen Aire. Esta vez se logró poner coto a los ataques indios y ordenar el territorio en damero. Garay también levantó una administración que dependía del Virreinato del Perú (y así fue hasta 1776, en que se creó el Virreinato del Río de la Plata y Buenos Aires pasó a ser su capital).

¿Y qué pasó con el hermano de Santa Teresa? Una parte de los expedicionarios de Mendoza se abrió paso hacia el Virreinato del Perú. En el caso de Rodrigo de Cepeda, fue a Chile, que era una región en alerta constante por la guerra con los mapuches -el único Tercio que se creó en la América española fue el del Arauco, lo que dice bastante sobre la seriedad del conflicto- y allí murió en combate en 1557, a los 46 años de edad.

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