Aquí, en España, los agricultores y ganaderos están preocupados por el tiempo, por la subida de los costes de producción, por los precios de sus mercancías, por su rentabilidad y también por la aplicación de la nueva PAC. En este último punto las preocupaciones se centran en el reparto de las ayudas y en la aplicación de los eco-regímenes. Respecto a las ayudas, y para responder a la pregunta del “que hay de lo mío”, toca esperar a los últimos días de febrero, cuando el FEGA publique en su tablón de anuncios los importes que corresponden a cada uno de los beneficiarios, pero ya adelanto que habrá que contar con un recorte general de casi el 25 por ciento, dinero que se destinará a financiar los eco-regímenes.
Una parte de esa cantidad, o quizás toda, se podrá recuperar si se cumple con estos instrumentos, que son la gran novedad de la PAC, y sobre los que hay muchas dudas. El diseño de los mismos, que han preparado Luis Planas y sus mariachis, está plagado de disparates y de chapuzas. Desde el ya citado FEGA van rectificando a medida que se multiplican las denuncias de esos disparates, que demuestran, una vez más, la lejanía que existe entre los que redactan esas normas y la realidad de las labores agrarias a pie de campo.
Pero, mientras aquí la atención está puesta, con toda la razón, en esas nuevas normas que comienzan a aplicarse este año, en Bruselas no descansan y andan a vueltas ya con la PAC que se debería aplicar a partir de 2028. Sí, no me equivoco. En la Comisión Europea han empezado a trabajar sobre las ideas que darán forma a las reglas del juego que regirán a partir de ese año, el 2028. Y hay que estar muy atentos, porque una vez que se perfilan esas ideas básicas, luego resulta muy difícil cambiarlas.
Es el momento, por lo tanto, de prestar atención a esa PAC del futuro y también a otra serie de normas que están en danza en estos momentos, teñidas de verde, y que tendrán mucha repercusión para el campo y el sector agrario. Son, entre otras, las siguientes: la propuesta de la Comisión Europea para proteger los suelos y otorgarlos el mismo nivel de protección que al agua, al medio ambiente y al aire para frenar la pérdida de biodiversidad y el cambio climático; la norma europea sobre materias primas fundamentales, que afecta a las llamadas tierras raras, que cada vez cobran más importancia; por último, la propuesta para la restauración de la naturaleza con medidas más verdes que afectarán, limitándola todavía más, a la actividad agraria.
Todo eso es lo que anda en juego ahora mismo en Bruselas. Por eso hay que estar pendientes de lo que sucede aquí, de las chapuzas de Luis Planas, porque determinan el presente, pero también hay que prestar atención a lo que se trama allí, en la capital comunitaria, porque será determinante para el futuro del campo. Tampoco hay que descartar disparates y chapuzas varias.












