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domingo, 3 mayo , 2026

El Pregón: El campo no funciona como una fábrica de tornillos: la PAC debe garantizar la soberanía alimentaria

Los diez días que han transcurrido desde que Rusia invadió Ucrania amenazan con poner patas arriba la nueva Política Agraria Común (PAC), que ya está aprobada y que debería comenzar a aplicarse a partir del 1 de enero próximo. En la reforma de esta política se ha dado prioridad a lo que se llama el reverdecimiento de la PAC, con medidas de protección del medio ambiente y de lucha contra el cambio climático. En cambio, el factor productivo, es decir, la producción de alimentos, ha pasado a un segundo plano, entre otras razones porque no había graves problemas de precios para los consumidores ni dificultades de abastecimiento.

Sin embargo, llegó Putin, mandó a sus tropas que invadieran Ucrania, una potencia en la producción y comercio internacional de cereales y de girasol, y estallaron los problemas en forma de significativas subidas de precios y, lo que es más importante, de un riesgo considerable de desabastecimiento de productos básicos en la alimentación humana y animal en la Unión Europea (UE), en general, y en España, en particular.

Para no agobiar con cifras daré solo seis. En estos diez días el trigo ha pasado en París de 287 euros por tonelada a 393, lo que supone más de 100 euros de incremento. El maíz, por su parte, ha subido de 267 euros por tonelada a 350. En ambos casos estamos hablando de incrementos de en torno al 30 y al 35, insisto, en tan solo diez días. Pero ese, con ser importante, no es el principal problema.

 Estamos, por lo tanto, ante una dificultad de abastecimiento que puede agravarse, o no, en función de cuanto dure la guerra y de los daños que produzca

El principal problema es, cerrados los mercados ucraniano y ruso, garantizarse el abastecimiento en otros países como Estados Unidos, Canadá, Argentina y Brasil. Pero resulta que en estos dos últimos hay sequía. Y que, además, por la normativa europea en materia de transgénicos y productos fitosanitarios, no todos los cereales producidos en esos cuatro países pueden entrar en el mercado comunitario. Estamos, por lo tanto, ante una dificultad de abastecimiento que puede agravarse, o no, en función de cuanto dure la guerra y de los daños que produzca.

Y, mientras tanto, en la UE, y debido a las sucesivas reformas de la PAC, en las que se ha dado prioridad a “lo verde” en lugar de a “lo productivo”, resulta que no estamos aprovechando todo el potencial de nuestro sector agrario. En esta semana desde distintos Estados miembros se ha pedido a la Comisión Europea que se elimen las normas que obligan, por ejemplo, a dejar tierras en barbecho. Desde Bruselas lo están estudiando. Si finalmente se aprueban esos cambios en la normativa de la PAC, eso no significará que se habrá solucionado el problema a corto plazo, porque el campo no es como una fábrica de tornillos, que se puede parar un día y poner en marcha en pocas horas. Los ciclos de cultivos, plantaciones y cría de animales se mueven con otros ritmos, mucho más lentos y tardan en verse los resultados. Por otro lado, si se cambian las normas, eso significará que la nueva PAC, que debería entrar en vigor en 2023, no llegará a nacer.

Llegados a este punto, quiero terminar con una reflexión: el artículo 33 del Tratado de Roma por el que se fundaron las Comunidades Europeas fija cinco objetivos para la PAC: “incrementar la productividad agrícola; garantizar un nivel de vida equitativo a la población agrícola; estabilizar los mercados; garantizar la seguridad de los abastecimientos y asegurar al consumidor suministros a precios razonables. ¡Pues, a ver si se enteran en Bruselas y en las capitales de los Estados miembros!

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